Niñas, niños y adolescentes trans: cómo acompañarlos en su viaje personal

Adrian para web

Desde 2012, cuando se aprobó la Ley de Identidad de Género, los menores de edad pueden hacer su propia elección y cambiar su documento. Pero los protocolos legales aún no están claros, las ciencias no dan respuestas completas y no hay recetas para guiarles en su transición cotidiana.

“¿Cuándo comenzó la transición de Gonzalo?”, pregunta Mauro, un técnico informático de 42 años, acerca de su hijo, un varón trans de 14. “No lo sé. Eso lo sabe él. Es difícil decir cuándo empezó, pero para nosotros fue hace un año y medio, cuando la persona que yo creía que era mi hija de 12 años me dijo que era mi hijo y que había elegido el nombre de Gonzalo”. Desde entonces, Mauro y su pareja, una luthier de 37, siguen y aprenden de su hijo día a día. ¿Cómo acompañar a alguien joven (o incluso muy joven) en su transición? No hay recetas.

En este campo las cosas cambiaron drásticamente cuando, en el año 2012, entró en vigencia la Ley de Identidad de Género: en la Argentina los niños, las niñas y les niñes en general tienen un respaldo legal para tomar en sus propias manos y sobre sí mismos una decisión respecto a quiénes son y cómo quieren ser vistos y nombrados.

Esa decisión se ve muy difícil a ojos de los adultos, pero no siempre lo es para les niñes y los, las y les adolescentes. “Nunca fui a un psicólogo para hablar sobre mi identidad de género”, dice Leandra Levine, que tiene 20 años y que se convirtió en la primera egresada trans del colegio Carlos Pellegrini, al que había ingresado en primer año con un nombre masculino. “La identidad de género no le conflictúa tanto a une misme como lo hace a la sociedad”, sigue. “A mí sólo me faltaba adecuar mi aspecto a lo que la gente pudiera percibir para que estuviera en sintonía con mi identidad de género”.

"Lo más importante es que los padres puedan deconstruir las ideas que tienen respecto al binarismo de género", dice Levine. "Ese binarismo no ayuda al proceso de acompañamiento de une hije trans porque puede inculcarle ideas que no le permitan expresarse con total libertad. Lo más importante es dejar que se exprese como le salga. A fin de cuentas, cada persona tiene una mezcla de cosas femeninas y masculinas".

Desde la aprobación de la Ley de Identidad de Género, casi 7.000 personas cambiaron su documento. De ellas, unas 100 son niñas, niños y niñes. Este año, la televisión viene dando cuenta del tema con 100 días para enamorarse, la tira de Telefé en la que Maite Lanata interpreta a Juani, una adolescente lesbiana que explora su identidad de género sin recurrir a los adultos.

La Ley de Identidad de Género no patologiza la condición trans y establece que toda persona tiene derecho a “ser tratada de acuerdo con su identidad de género y, en particular, a ser identificada de ese modo en los instrumentos que acreditan su identidad respecto de el/los nombre/s de pila, imagen y sexo con los que allí es registrada”. Y esto contempla también a los menores de edad, algo que nunca antes había sido legislado en ningún otro país. Aunque la Ley no pide una intervención quirúrgica por reasignación genital, tratamientos hormonales, recetas firmadas por psiquiatras ni tampoco terapias psicológicas, los menores de 18 años deben tramitar su nuevo documento con sus padres y con un abogado.

Así que un año después de su promulgación, un niño que al nacer había sido anotado en su documento como Manuel cambió su nombre al de Luana y se convirtió, a los 6 años, en la primera niña trans en obtener su nuevo DNI. La primera niña trans en la Argentina, y la primera en el mundo.

“[Lulú] no quería esos genitales que determinaban que era varón; hasta quiso que no existieran más y ahí fue cuando me desesperé. Sentí miedo de que pudiera lastimarse”, contó Gabriela Mansilla, su madre. A los dos años, su entonces hijo le decía: “Yo, nena”. “Y cuando yo le decía: ‘No, sos un varón’, se daba la cabeza contra la pared”, dijo la madre, que ya escribió dos libros contando su historia y la de muchos otros, y que fundó la organización Infancias Libres de Violencia y Discriminación.

“Si decidís acompañar a tu hijo o hija en esta transición, te morís de miedo”, dice ahora Mauro, el padre del niño trans Gonzalo. “Le preguntás a tu psicólogo, o buscás uno. Pedís cita con el o la psicóloga de tu hije, si es que tiene. Te fijás en Internet y te da más miedo porque leés que el promedio de vida de la gente trans es de 35 o 40 años, que en la comunidad trans está todo por hacerse, que el mundo no está listo, que hay una Ley de Identidad de Género a la que en realidad nadie conoce y que no hay protocolos para que se cumpla. A la vez, hacés un proceso interno con tu familia. Se trata de acompañar a tu hije, de llamarle por el nombre que eligió para sí. De escucharle. De preguntarle qué necesita”.

La medicina también puede acompañar de algún modo a quienes quieren dar el paso. Uno de los pocos hospitales que en la Argentina atiende estos casos es el Hospital General de Agudos Carlos G. Durand. Allí, en la División de Urología, funciona el Grupo de Atención a Personas Transgénero (GAPET), un equipo interdisciplinario nacido en 2005.

“Obviamente, la identidad de género diversa no es una patología”, dice Adrián Helien, médico psiquiatra y director del GAPET, autor del libro Cuerpxs equivocadxs: Hacia la comprensión de la diversidad sexual (en coautoría con la periodista Alba Piotto). “Pero cuando un chico o una chica reclama atención y se angustia de forma insistente, persistente y coherente respecto a su identidad de género, hay que hacer algo. Si los padres no escuchan, esto se convierte en un tema de salud porque a la larga ese niñe tendrá seis veces más de posibilidad de sufrir una depresión y hasta ocho más de cometer un suicidio”.

Helien explica que todo cambió desde la aprobación de la Ley de Identidad de Género, pero habla de “una deuda en el sistema de salud: la Ley es realmente de avanzada y otorga derechos pero no tiene un correlato activo en las políticas públicas de atención a las personas trans en el país porque en muy pocos lugares se las atiende de forma integral”. Sigue: “No hay formación profesional, no existe en grado ni en posgrado y los profesionales mantienen esto por su propio esfuerzo”. Sin embargo, la gente necesita ayuda: sólo este año, Helien viajó a dar conferencias a Posadas, Corrientes, Santiago del Estero y Bariloche; y a Mendoza, Rosario y Cipoletti, adonde colabora con la creación de nuevas unidades médicas especializadas en transgénero.

En el Hospital Durand, Helien coordina –desde 2016 y dentro del área general trans– un equipo especial para niñes y adolescentes compuesto por dos pediatras, una endocrinóloga infantojuvenil. Y por él mismo. “Trabajamos en la salud transicional, en cuerpo y mente, de un niñe hacia su verdadera identidad de género, que generalmente también es una transición social”, dice. Hay grupos de apoyo para jóvenes y padres en los que participan alrededor de 70 niñes. La consulta es una vez por semana, una vez cada dos, o cada tres. “Algunes niñes vienen a explorar su situación genérica, a reafirmar su identidad de género, a una sola consulta, o trabajamos sobre la aceptación de los familiares o el respeto en las escuelas”, dice Helien. Si la escuela no integra a un alumno o a una alumna, él puede escribir una nota dirigida al establecimiento o dar parte a las trabajadoras sociales que también están en su equipo. Ellas llaman a los directivos escolares y les explican que esta situación está amparada por la ley. "Si eso no funciona, asesoramos para hacer una intervención legal", dice Helien.

Para los padres y para los médicos, las decisiones más delicadas llegan en la pubertad de los hijos, de las hijas y de les hijes. La pregunta es: ¿iniciar tratamientos para bloquear el desarrollo hormonal o no iniciarlos? Depende, entre otras cosas, de las necesidades que siente cada niñe. “Es algo que hay que hablar mucho y cada caso es único”, dice Mauro, el padre de Gonzalo.

Al lado de todo eso, cambiar el DNI parece sencillo. “Sólo es un trámite”, dice Leandra Levine, que lo hizo a sus 18 años. La tarea consiste en pedir la partida de nacimiento con el nuevo nombre, y luego encargar el documento de identidad definitivo. El asunto entero lleva algunos meses.

Pero la burocracia aplicada a una ley sin protocolos claros siempre puede complicarlo todo: “El expediente de la partida de nacimiento de Gonzalo se perdió por un tiempo y eso nos demoró”, dice su padre. “Después lo encontraron. Para tramitar el DNI, los empleados nos pidieron la partida de nacimiento vieja y, como sabíamos que eso no era necesario, tuvimos que conseguir que una autoridad nos hiciera una nota para avanzar con el trámite. Al final, lo logramos. Nos enviaron el DNI a casa. Llegó el mismo día en que Gonzalo cumplía años: fue como si volviera a nacer”.

 

Javier Sinay | La Redacción